Identificarán a 4 soldados argentinos que cayeron juntos en Malvinas

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Una tumba adulterada y una espera interminable: identificarán a cuatro soldados argentinos que cayeron juntos en Malvinas. Se firmó un acuerdo en la Cruz Roja entre la Argentina y Reino Unido para exhumar la fosa colectiva C 1 10. Las tareas comenzarán en agosto en el cementerio de Darwin.

Por Agustina López

 

El jueves por la mañana Daniel Filmus, secretario de Malvinas, anunció vía Twitter la firma de un nuevo acuerdo internacional en la Cruz Roja en Suiza entre la Argentina y el Reino Unido para exhumar en agosto la tumba colectiva C 1 10 del cementerio de Darwin, en las islas Malvinas.

El objetivo es identificar los restos de cuatro soldados que en 1983 fueron enterrados bajo la placa “solo conocidos por Dios” junto al alférez Julio Ricardo Sánchez. Es la segunda parte de un plan humanitario que entre 2017 y 2018 exhumó 121 tumbas y logró identificar positivamente a 115 soldados que antes permanecían bajo cruces blancas anónimas.

“Esto es una política de estado que se inició con un anuncio en 2012, la siguió el gobierno anterior y la retomamos de nuevo nosotros. Es algo que no suele ocurrir en la Argentina”, dijo Filmus.

La tumba C 1 10 no es la única fosa en Darwin que alberga restos humanos de varios soldados. Quienes descansan en ella son los miembros de una tripulación que piloteaba un helicóptero Puma que se precipitó al vacío el 30 de mayo de 1982 entre la espesa niebla de las islas. Enterrar juntos a escuadrones que cayeron en accidentes de esa magnitud es la única alternativa de darles una sepultura. La otra opción es que se fundan con el territorio.

Sin embargo, la C 1 10 fue adulterada: se agregaron a la placa original nombres de caídos que no estaban allí. Sin protocolos, sin cotejo de ADN, sin confirmaciones oficiales. Nombres que después aparecieron en otras tumbas cuando se hizo el primer proceso de identificación que inició en 2017 y culminó con dos viajes de familiares a las islas en 2018 y 2019.

Ahora, después de 39 años de terminado el conflicto, podrá enmendarse ese error y las familias de los soldados que allí descansan podrán tener la certeza de dónde están sus hijos e incluso tener una lápida con su nombre y apellido a la que llevarle una flor.

El informe Cardozo

En 1982 al capitán inglés Geoffrey Cardozo, de 32 años en ese momento, le encargaron la tarea de crear un cementerio en las Malvinas para los caídos argentinos. Su labor iba a ser reorganizar las tropas británicas pero quedó envuelto en una tarea titánica cuando el gobierno de facto argentino se negó a hacerla: recuperar los cuerpos de los soldados argentinos que habían quedado diseminados por las islas, tratar de identificarlos y llevarlos hasta Darwin, en donde se montaría el nuevo cementerio.

Además de organizar los equipos de rescate de los cuerpos y diseñar el cenotafio, Cardozo registró cuidadosamente en una libreta lo que encontraba. Aquellos cadáveres que tenían una chapa identificatoria o una cédula llegaban a la tierra con una cruz y una placa con su nombre. Los que no -123 caídos- descansarían con la leyenda “soldado argentino solo conocido por Dios”.

Sin embargo, el capitán hizo anotaciones estratégicas en su libreta al lado de cada soldado que no había podido ubicar con nombre y apellido: el lugar en el que se había hallado el cuerpo, heridas, algunas pertenencias si las tenía.

“Me dolió no haber podido identificar a todos, pero yo no puse ningún nombre si no estaba seguro. Ante la duda, preferí poner ‘soldado solo conocido por Dios’”, relató Cardozo. “Algo que me deja tranquilo es que ninguno de los 115 identificados en la misión humanitaria de 2017 estaban ya nombrados en otro lado”, destacó.

En la tumba C 1 10, en donde enterró los restos de cuatro personas que había encontrado entre los escombros de un helicóptero en Monte Kent en septiembre de 1982, puso en su reporte el número de una cédula de identidad que recuperó de uno de los cuerpos. “Más tres otros hombres no identificados”, escribió al costado. Esa cédula, luego pudo verificar, correspondía al alférez Julio Ricardo Sánchez.

El informe final después del entierro fue enviado a las autoridades británicas pero Cardozo guardó una copia con la esperanza de que algún día alguien pudiera identificar a “sus chicos”, como se refiere a los jóvenes que enterró.

Esa oportunidad llegó en 2008 cuando le entregó esta información al veterano Julio Aro, que motorizó el proyecto de exhumación de las tumbas anónimas e identificación de los caídos.

Sin embargo, la tumba C 1 10 quedó fuera de este primer acuerdo ¿Por qué? Porque, en 2004, cuando la comisión de familiares renovó el cementerio, con fondos que puso a disposición el empresario Eduardo Eurnekian, y colocó placas y cruces nuevas, en la tumba en donde antes solo estaba identificado Sánchez aparecieron tres nombres de soldados de la Fuerza Aérea: Mario Ramón Luna, Luis Guillermo Sevilla y Héctor Walter Aguirre.

Estos soldados habían muerto el 29 de mayo en un bombardeo al Istmo de Darwin, a 86 kilómetros de donde se habían estrellado Sánchez y sus hombres. Nunca pudieron haber compartido tareas pero ahora reposaban juntos.

Quien advirtió el error en 2016, justo cuando la misión humanitaria de identificación estaba recolectando muestras de ADN de familiares, fue la historiadora cordobesa Alicia Panero. Llegó a la información casi de casualidad, cuando estaba cotejando el informe Cardozo con las actas de las nuevas tumbas del 2004 y vio que soldados no identificados en 1983 si lo estaban ahora.

Rápidamente se contactó con los familiares de Luna, Sevilla y Aguirre, que no tenían idea de la situación, y con la comisión de familiares que administra el cementerio y que confeccionó la lista final de placas en 2004. También interpuso una denuncia para que se enmiende el error cuando antes.

“Nadie me respondía cómo habían llegado esos nombres ahí”, contó Panero. “Entre 1983 y 2004 no hubo ningún proceso de identificación, esos nombres aparecieron misteriosamente”, dijo.

El gran problema, además de la adulteración, es que el acuerdo humanitario no permitía exhumar tumbas que estuvieran identificadas con placas. Por lo tanto, la C 1 10 permaneció intacta.

Lo único que pudo lograr Panero, a través de un contacto con el Equipo Argentino de Antropología Forense, es que le tomen muestras a los familiares de los soldados que figuraban en las placas. Así, con el cotejo de ADN, Luna apareció en la tumba D B 2 4, Sevilla en D A 28 y Aguirre en la D B 2 8. Sus nombres estaban duplicados en el cementerio pero había otras familias que se habían quedado sin respuesta.

Jorge Luna es el hermano de Mario, quien, gracias al llamado de Panero pudo dar su muestra de ADN.

“De la muerte de mi hermano nos enteramos por un telegrama, que llegó al pueblo. Después mandaron un cajón vacío envuelto con una bandera argentina. Hicimos una ceremonia simbólica y lo pusimos en un nicho celeste y blanco que mi mamá mandó a pintar”, contó. Los Luna son de Pozo del Castaño, un pueblo muy pequeño a 240 kilómetros de Santiago del Estero capital. Allí, ahora, la única escuela lleva el nombre de Mario.

Luna cuenta que en 1999 uno de sus hermanos viajó a Malvinas, eligió una tumba cualquiera de las tantas sin identificar que había en Darwin y dejó ahí los regalos y rosarios que toda la familia había mandado para homenajear a Mario. Nunca supieron, hasta el aviso de Panero, que por 14 años una tumba en Darwin llevó el apellido Luna.

“Los que dan la orden son los de la Fuerza Aérea y la comisión de familiares no cotejó nada”, asegura Panero sobre esta maniobra para incluir los tres nombres. En 2004, los familiares recopilaron la información de los caídos que les pasaron de las tres Fuerzas Armadas y le enviaron los datos a Eurnekian para que mande a hacer las placas y las coloque en el renovado cenotafio.

Se pudo constatar que, en un intercambio de cartas entre la Cancillería y la Fuerza Aérea entre febrero y marzo de 2003, el jefe del Departamento de Malvinas de la Fuerza Aérea, Eduardo Senn envía un listado en donde Luna, Aguirre y Sevilla figuran en la “tumba C 1 10 (fosa común)”. De ese tiempo a esta parte, nunca hubo una explicación para este cambio.

“Nosotros no fuimos quienes armamos las listas. En ese momento se le pidió a Cancillería que le solicitara a las tres Fuerzas Armadas, a Gendarmería y a Prefectura la lista de las tumbas identificadas y las que no lo estaban. Estamos investigando para saber dónde estuvo el error y qué pasó con cada uno de nuestros soldados”, dijo en 2018 a Infobae María Fernanda Araujo, presidenta de la comisión de familiares. Al momento, no se inició ninguna investigación formal.

¿Quiénes están enterrados en la C 1 10?

Además de la C 1 10 quedan otras dos tumbas adulteradas: una es la de Bernardino Almaraz, que en el informe original figura como una fosa vacía (Cardozo dejó algunas por si se encontraban más restos en el futuro), y la B 4 16 que tiene cuatro nombres cuando en 1983 solo había dos. Como aún no hay consentimiento de esos familiares para exhumar los cuerpos, no se puede avanzar en el proceso.

En 2019, cuando el caso de las tumbas mal nombradas cobró notoriedad después de las identificaciones, el gobierno británico le pidió a Cardozo que revise todos los archivos clasificados y haga un segundo informe que se envió a la comisión de familiares. Según pudo saber TN.com.ar, Cardozo ratificó todo lo que había dicho en la primera versión: las tres tumbas nunca tuvieron los nombres que luego se les colocaron.

La información oficial que maneja el gobierno argentino es que en esa tumba están los compañeros de misión de Sánchez: Juan Carlos Trepo, Marciano Verón, Misael Pereira y Guillermo Nasif. Cardozo asegura que en el ‘83 solo distinguió restos de cuatro personas (incluido Sánchez, el único identificado formal) pero que, por el estado de los cuerpos, fue muy difícil determinarlo con exactitud. Ahora, con la exhumación se podrá verificar.

Las familias ya dieron sus muestras de ADN. En unos meses podrán poner fin a una espera de 39 años y reencontrarse con el nombre de sus hijos.

 
 

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