El tiempo de la amnesia – ¿Qué recordarán nuestros hijos de este año?

En este momento estás viendo El tiempo de la amnesia – ¿Qué recordarán nuestros hijos de este año?

Todos los días siento que mi hijo cambia y sus vaivenes y aceleraciones han construido un ritmo interno de la pandemia, un ritmo que nos ha permitido sobrellevarla.

Por Alejandro Zambra – The New York Times

“Juguemos a escondernos del virus, papá”, me dijo mi hijo, hace poco más de un año. Me sorprendió y entristeció que a sus recién cumplidos dos años hablara del virus con tal familiaridad, pero tenía sentido, la pandemia ya había comenzado a transformar su vida —para mal y para bien, porque extrañaba los paseos por el Bosque de Chapultepec con la misma intensidad con que celebraba la suspensión de clases (su incipiente vida escolar no le gustaba para nada).

Escondernos del virus, en todo caso, era más sensato que escondernos del techo o del refrigerador, como él solía proponerme por entonces, o de la Biblia o de las obras completas de Shakespeare, como le proponía yo, así que nos metimos debajo de la mesa y lanzamos unos falsos gritos de miedo —falsos porque no eran gritos sino imitaciones susurradas de gritos, y también el miedo era, en teoría, falso, aunque en ese momento sí sentí miedo o tal vez era fatalismo, un fatalismo que sin embargo ahora, a la luz de los hechos, me parece una versión apenas disminuida del optimismo.

¿Qué recordará mi hijo de este año horrible? Me lo pregunto a diario y aunque a veces me respondo tranquilamente, casi con alegría, que no recordará nada, es más habitual que me quede clavado en la extrañeza, porque es raro y tristón imaginar o de algún modo saber que el mismo ser humano de tres años —y trece kilos y ciento dos centímetros— que hemos visto crecer y cuya vida a menudo nos resulta más real y siempre más valiosa que la vida propia, en un futuro no muy lejano olvidará todo o casi todo lo que vivió en este pasado que con terca insistencia llamamos presente.

Desde una adultez acaso excesiva, es fácil suponer que la memoria episódica comienza alrededor de los tres o cuatro años, es decir, que antes de esa edad simplemente no éramos capaces de recordar, pero cualquiera que haya criado niños sabe que a los tres e incluso a los dos años sí recuerdan lo que hicieron la semana pasada o el verano anterior, y que sus recuerdos son puros, no implantados, y a veces sorprendentes —al menos a mí me sorprende que recuerde, por ejemplo, hechos o matices de hechos que a mí no me parecen, en principio, memorables.

Las inmensas preguntas acerca del funcionamiento de la memoria humana tienen su humilde correlato en la emoción o la inquietud que todos sentimos al pensar en esos años borrados, omitidos, perdidos. ¿Cómo era, realmente, un día entero, a los diez meses, a los dos años de vida? Tal vez luego, en la adolescencia, unas cuantas frases autoritarias (“yo te enseñé a hablar, yo te di de comer, gracias a mí tienes todo lo que tienes”) nos permitieron presentir o imaginar esos años de abrumadora dependencia, pero recién cuando somos padres u ocupamos el lugar de padres y nos duele la espalda y no hemos dormido bien en semanas o meses, conseguimos conjeturar esos cuidados que nunca agradecimos porque simplemente no los recordamos.

Si fuéramos como Funes, el célebre personaje de Borges incapacitado para el olvido, viviríamos paralizados por rencores permanentes o gratitudes automáticas, obligatorias. La misteriosa amnesia infantil nos permite olvidar, de repente, todos los hechos que podrían neutralizar la severidad con que juzgamos a nuestros padres. Y sería aún peor enterarnos, por supuesto, de olvidadas desatenciones y negligencias. La memoria se destruye o se purifica para que podamos reinventarnos, recomenzar, reclamar, perdonar, crecer.

“Durante mucho tiempo insistí en que había presenciado la escena de mi nacimiento”, leemos al comienzo de Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, y la novela entera proviene, de algún modo, de esa frase magnífica. El personaje elige creer o inventar una autonomía original y absoluta, que exagera hermosamente la idea, tan cara al sicoanálisis, de que inventamos nuestros recuerdos, y hasta pienso que Mishima sugiere que necesitamos inventarlos, que escribir es fundamentalmente eso.

A partir de esa primera línea se me ocurrió el Proyecto Nacimiento, que en un principio consistía nada más que en pedirles a mis estudiantes que escribieran sobre el día de su nacimiento, y luego derivó en una tarea para nada original pero me he dado cuenta de que tampoco es tan común: cada participante debe ir a la biblioteca a leer de punta a cabo los diarios del día en que nació, incluyendo los horóscopos, las carteleras de cine y de teatro, los obituarios, los anuncios publicitarios, etcétera (siempre hay algún alumno muerto de la risa por la velocidad máxima de los computadores en, por ejemplo, 1996).

La idea del Proyecto Nacimiento es que luego cada cual escriba acerca de esa experiencia, o acerca de ese mundo, o imagine a su madre hojeando ese mismo diario la mañana en que rompió la bolsa y tuvo que partir al hospital, en fin, en realidad no importa mucho sobre qué escriban, el ejercicio funciona más bien porque gatilla procesos de escritura, lo que permite que el profesor no sea el dictador de un método o la autoridad indiscutida, sino algo así como un colega más viejo que conoce el origen del texto y puede acompañar el proceso.

La imaginación del nacimiento propio pone en escena con engañosa simpleza la frontera entre lo privado y lo público. Por eso creo que este ejercicio es perfecto para captar, de paso, el enigma o el juego que plantea o permite la palabra ficción, tantas veces malentendida, apenas, como un sinónimo medio académico de la palabra mentira. “Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo”, dice César Vallejo en un poema que sería absurdo someter a un detector de mentiras.

Nunca he querido aplicarme a mí mismo el Proyecto Nacimiento; nunca quise materializar o tal vez verificar mis conjeturas acerca de ese día de 1975 que siempre imagino en blanco y negro, aunque la primera foto que me tomaron, a las dos semanas de vida, fue a colores. Salgo en pocas fotos, quizás veinte de las cincuenta o sesenta de los dos álbumes familiares. En el primer álbum —con un mar calmo, casi inofensivo, en la portada—, que empieza en 1972, con el nacimiento de mi hermana, hay casi puras fotos en blanco y negro, mientras que en el segundo —la portada muestra a una rubia pareja de enamorados mirando el crepúsculo— predominan las entonces aún novedosas fotos a color.

El poeta Robert Lowell nació recién en 1917, pero gracias a sus conversaciones con su madre y la lectura de los cuadernos que ella escribía logró imaginar con precisión los eventos que condujeron al tiempo en que, como él dice, “Estados Unidos entró a la guerra y mi madre entró en la vida matrimonial”. Enseguida agrega esta ironía tierna y precisa: “Solía mostrarme orgulloso de que no se me pudiera culpar por nada de lo que pasó durante los meses en que empezaba a vivir”. A los veinte años, en cambio, cuando me daba por mirar los álbumes de fotos, yo no sentía orgullo sino una especie de vergüenza, a veces propia y otras veces ajena, pero siempre, sobre todo, acuciante —no tanto por lo que las fotografías revelaban sino por lo que yo suponía que se negaban a mostrar.

No recuerdo haber pensado entonces que el registro fuera escaso, hasta creo que me resultaban demasiadas fotografías. Imaginaba a mis padres clasificándolas en las páginas adhesivas de esos álbumes durante los años más feroces de la dictadura. Sentía que todo era demasiado frágil y que yo era demasiado estúpido. Me parecía horrible no recordar nada o reconocer escenas implantadas por relatos familiares que en cualquier caso me sonaban siempre vagos, siempre demasiado particulares.

“¿Te acuerdas de tu nacimiento?”, le pregunto a mi hijo.

“Sí”, miente. “Me tomaste en brazos y estabas llorando, pero de emoción”.

Él sabe que no lo recuerda y también sabe que yo sé que no lo recuerda, pero de vez en cuando jugamos a repetir una conversación sobre el llanto que sostuvimos hace tal vez dos años —yo intentaba explicarle que el llanto no es pura tristeza, porque a veces lloramos de emoción, y se me ocurrió el ejemplo, por lo demás fidedigno, de su nacimiento, cuando lo vi por primera vez, recién salido del vientre de su madre; le explicaba que al verlo por primera vez me había largado a llorar, pero de emoción.

En ese tiempo él aún no armaba frases enteras, pero como le gustaba tanto imitar sonidos y a veces se nos acababa el repertorio, inventábamos también la risa de los perros, o el llanto de los caballos, y el juego seguía hasta que nos perdíamos gozosamente en el sinsentido: cómo bostezan las urracas, cómo tartamudean los cocodrilos, cómo estornudan los tlacuaches.

Tengo mil cuatrocientas veintidós fotos en el teléfono y en casi todas sale mi hijo, que nació hace mil doscientos sesenta y seis días, de manera que le he tomado, en promedio, 1,12 fotos diarias —y habría que sumar las que le han tomado su madre y su abuela materna y su tío, que es fotógrafo… De pronto la posibilidad de que tenga acceso a esas fotos y a los libros que escribe su madre y a los que escribo yo —libros donde es cada vez más frecuente que él aparezca y donde si no aparece igual está, agazapado— se me hace injusta o excesiva y siento que hay que destruir esos archivos y hacer sitio para el flamante olvido. Y también se impone la otra imagen, contradictoria, porque últimamente siento que escribo para él, que soy el corresponsal de mi hijo, que escribo despachos para mi hijo. Nunca mi escritura estuvo más justificada, porque en alguna medida escribo los recuerdos que él va a perder, como si fuera yo el secretario o el parvulario de unos infantes llamados Joe Brainard, Georges Perec y Margo Glantz y quisiera facilitarles la redacción futura de sus Me acuerdo.

Es 1978 o 1979, tengo tres o cuatro años, y estoy sentado en el sofá, junto a mi padre, mirando en la tele un partido de fútbol, y mi madre entra a llenarnos los vasos de Coca Cola. Durante décadas he considerado que ese es mi primer recuerdo, y no parece, en principio, discutible: crecí en una familia donde no solo mi madre sino todas las mujeres atendían a los hombres, un mundo donde el televisor se situaba en el living y estaba permanentemente encendido y casi siempre, para los niños, permitido, al igual que la Coca-Cola. Mi recuerdo no está vinculado a ninguna fotografía ni a ningún relato familiar y quizás por eso lo consideraba, hasta aquí —hasta que se me ocurrió escribir este artículo, digo— un recuerdo puro, no implantado, incuestionable. No es difícil, sin embargo, deshacer la certidumbre: en los veinte años que viví con mi padre quizás vimos juntos cien o quinientos o mil partidos de fútbol, pero recuerdo esta escena como algo que sucedió una sola vez. Tengo la impresión, y mi padre la seguridad —acabo de confirmarlo, por teléfono—, de que mi afición al fútbol no fue tan temprana, sucedió más tarde, a los seis o siete años, cuando ya vivíamos en otra casa y en otra ciudad.

Mi recuerdo no afirma, en cualquier caso, que viéramos un partido completo ni que yo estuviera interesado en el fútbol. De hecho es un fogonazo, que dura dos o tres segundos de completo silencio. Ese silencio es acaso lo más sospechoso del recuerdo, en particular el de mi padre, que correspondía a su actitud al mirar la tele, sobre todo si miraba las noticias, pero era incapaz de permanecer en silencio cuando miraba partidos de fútbol. Aún hoy esa es una diferencia importante entre nosotros: yo veo los partidos en estado de tensión absoluta y apenas dejo caer algún comentario, mientras que mi padre grita y vocifera, como si estuviera en la cancha repartiendo instrucciones y puteando al árbitro.

Pienso en el extraordinario comienzo de Habla memoria, de Nabokov: el niño “cronofóbico” que mira una película anterior a su nacimiento y ve a su madre embarazada y la cuna que preparan para él le parece una tumba. Pienso en el devastador primal scream de Delmore Schwartz, “En los sueños empiezan las responsabilidades”, uno de los relatos más hermosos que he leído jamás, o en los delirios geniales de Vicente Huidobro en Mio Cid Campeador, o de Laurence Sterne en el Tristram Shandy. Pienso en el estremecedor “recuerdo inventado” que da forma a La lengua absuelta, de Elias Canetti, y en fragmentos de Virginia Woolf y de Rodrigo Fresán y de Elena Garro. La lista empieza a volverse interminable, busco y rebusco en las repisas libros que quiero releer, pero de pronto reparo en que mi hijo lleva demasiado tiempo en silencio. Compruebo que está en el suelo, con sus crayones. Después de varios meses dedicado a dibujar licuados, ahora se especializa en pizzas y en planetas y en pizzas-planetas.

Mi primer recuerdo no es, en apariencia, traumático, y sin embargo ahora me doy cuenta de que tal vez en ese recuerdo siento que estoy obligado a mirar el partido, que estoy expuesto a la televisión y al fútbol y al machismo y al azúcar y al ácido fosfórico, de manera que la escena actúa como fundamento, e incluso, eventualmente, como justificación y coartada. Una lectura generalizante también me llevaría a contraponer ese recuerdo con las imágenes de época: calles arrasadas por la violencia militar donde algunos hombres y mujeres resisten con valentía suicida e idealista —pero no mi padre, que está conmigo viendo un partido de fútbol, ni mi madre, que nos sirve Coca-Cola.

Desconfío de la satisfacción que me provoca saber que en la vida de mi hijo una escena como esa sería imposible, porque ha crecido en un mundo, o al menos en un interior, en que ninguna mujer está al servicio de ningún hombre, un mundo donde es su padre quien todas las mañanas le prepara el desayuno en una cocina en cuyo refrigerador no hay botellas de Coca-Cola, de hecho él nunca ha probado la Coca-Cola (ni normal ni light ni zero). Y nunca ha visto un partido de fútbol, porque nunca ha visto televisión y porque el fútbol se juega en estadios vacíos.

Dejé de fumar y bebo alcohol muy ocasionalmente —igual mantengo un pequeño bar con bourbones y mezcales en botellas tamaño bonsái— y puedo pasar temporadas largas sin comer carnes rojas ni pollo con hormonas, pero no he podido remediar del todo, por desgracia, mi adicción a la Coca-Cola; cada tanto me compro una y mi hijo me mira tomarla con curiosidad, aunque está seguro de que, como siempre le aclaro —con un énfasis que pronto comenzará a parecerle sospechoso—, se trata de una medicina que sabe horrorosamente mal, al punto que después de tomarla improviso unas convincentes arcadas.

“Papá, cuando yo era un bebé, ¿la tele servía?”, me pregunta mi hijo.

“No me acuerdo”, le respondo. “Creo que sí”.

Decidimos que no viera televisión hasta que fuera inevitable, así que hasta aquí ha creído que la tele de nuestro cuarto está descompuesta. Ni mi esposa ni yo estamos en contra de la televisión, pero no nos creíamos capaces de dosificarla. Siempre le mostramos, en todo caso, en el teléfono, algunos videos (como el de “Yellow Submarine”, responsable de su ojalá incurable beatlemanía) y toda clase de fotos, en especial de sus primeros meses de vida, de ahí su idea de haber sido bebé, que ha consolidado en su cabeza la diferencia entre un tiempo remoto y nebuloso y un pasado que sí recuerda. Cada vez que conoce a algún recién nacido me pide mirar esas fotos, que contempla con silenciosa seriedad. Remarco su silencio porque no es un niño silencioso, en lo absoluto, sino conversador, fabulador, chamullento.

En cuanto a su relación con el fútbol, sus ganas de jugar a la pelota fueron súbitas y para mí inesperadas, pues hubo un tiempo en que no parecía interesarle para nada, consideraba la pelota como un peluche más. La primera vez que me vio patearla me miró con extrañeza, pero a los dos segundos agarró a una pobre cebra de felpa y la pateó también, y enseguida se convirtió en un experto en el arte de patear peluches. Durante algunos meses siguió atribuyéndole a la pelota la condición de juguete estático y aunque ocasionalmente, como para darme en el gusto, la pateaba, era más frecuente que le conversara y que me pidiera —por supuesto— que le hiciera alguna voz.

Ahora jugamos a diario, en el patio pequeño o temerariamente en el living, y le gusta mucho. Como todos los padres, me dedico a perder, a ser goleado, y si sucede algún gol verdadero, algún gol que realmente no habría podido evitar, mi satisfacción es doble e innegable. A veces, en todo caso, se aburre no de jugar, sino de que el juego sea exactamente como es, y le incorpora unas desconcertantes sacudidas que me suenan a danzas folclóricas de países desconocidos o de planetas distantes.

El acto de vandalismo más habitual de mi hijo consistía en apoderarse del papel higiénico para desarrollar una serie larga de juegos insondables, muy abstractos, coreográficos. Entiendo que buena parte de los niños del mundo comparten esa afición. Si editaran su propia revista con lapidarias reseñas de pañales incómodos y feroces diatribas contra el destete, seguro que también dedicarían varias páginas a los juegos con papel higiénico, que vendrían a ser como la sección de deportes.

“No es papel de baño, papá”, me dijo una mañana, adelantándose a mi regaño. “Es confort”.

Así le decimos los chilenos al papel higiénico, confort, debido a la marca Confort, que se volvió genérica. La frase ¡no hay confort!, entonada como un grito desesperado, suena a reclamo social, o tal vez casi metafísico, pero pronunciada por un chileno tiene un significado muy preciso y bastante urgente.

Mi hijo habla mexicano, mexicanísimo en realidad, pero entonces prefirió usar la palabra chilena (la “lengua paterna”) con la intención estratégica de cautivarme o de neutralizarme.

“Ya sé lo que voy a pedirle al Viejito Pascuero”, me dijo enseguida, de nuevo usando una referencia chilena, el nombre chileno de Santa Claus.

Hechos y Noticias

“¿Qué?”.

“Un rollo de confort”, me respondió.

Era agosto o septiembre, faltaba mucho para la Navidad, pero con los días comprobé que no era una broma, era su pedido oficial, realizado por diferentes vías; era lo único que quería, un rollo de papel de baño para que lo dejáramos jugar tranquilo, en perfecta y autónoma soledad. Hacia finales de diciembre, sin embargo, su pasión por el papel higiénico ya formaba parte del pasado.

“Los niños sirven para que sus padres no se aburran”, dice un personaje de Iván Turguénev, y si el chiste funciona es porque la vida con hijos suele parecernos, por el contrario, un incesante sacrificio cotidiano. Muchas veces, sin embargo, a lo largo de la pandemia, he solucionado momentáneamente la angustia o la rabia o la melancolía jugando con mi hijo, como si su existencia funcionara, de hecho, no solo como un pasatiempo sino también como un antidepresivo o un ansiolítico.

De todas las especialidades de cuidados paternos —lazarillo de escaleras, asistente de vestuario, hermanador de calcetines, recolector de juguetes regados por el suelo, cheerleader de almuerzos, salvavidas de piscina individual, entre tantas otras—, la que he desempeñado con mayor alegría y creo que destreza ha sido la de inventor e intérprete de voces de una pequeña multitud de objetos, algunos bastante típicos —una preciosa jirafa “transicional” o unos títeres de dedo que hablan español con distintos acentos—, y otros harto más difíciles de humanizar, como la cafetera, las ventanas, el estuche de la guitarra, el omnipresente termómetro y hasta objetos que considero, de entrada, antipáticos, como la pesa o —cómo la odio— la olla a presión. Así las cosas, además de convertirse en la estrella invitada de los juegos de escondidas, el virus ha protagonizado una serie de historias que a falta de un mejor adjetivo debería calificar como alegóricas.

La paternidad vuelve a legitimar juegos que abandonamos cuando el sentido del ridículo consiguió gobernarnos por entero, incluyendo, tristemente, la intimidad. Pienso en el animismo, un sistema de creencias que nunca abandoné del todo, pero que ahora, en compañía de mi hijo, ha vuelto a resultarme no solo divertido sino necesario. Me gusta mucho esa escena de Chungking Express, la película de Wong Kar-wai, en que un personaje habla con un enorme Garfield de peluche: me gusta porque es cómica y seria al mismo tiempo; porque es kitsch, como la vida, y porque es trágica, como la vida.

“¿Qué tal la escuela?”, le preguntamos a mi hijo con culposa ansiedad, cuando llevaba unos pocos días yendo al colegio y faltaban unos meses para que la pandemia estallara.

“La maestra Mónica se murió”, nos contestó.

“¿Y la maestra Patricia?”.

“También se murió”.

“¿Y los niños?».

“Los niños se acabaron”—su tono quería ser objetivo o de verdad noticioso pero sonó involuntariamente dulce.

Su recién adquirida idea de la muerte se originaba en la experiencia de haber visto, en el patio, una flor marchita. Me pregunto de qué manera ha cambiado, a lo largo de estos meses, su idea de la muerte; me pregunto una y otra vez, incapaz de evitar la gravedad, qué recordará mi hijo de todo esto. Vuelvo a imaginarlo frente a una pantalla a la que han conectado un disco duro de quién sabe cuántos terabytes, mirando como un zombie, una a una, todas esas fotos que documentan el tiempo de la amnesia. Y quizás prefiero imaginar que nunca ve esas fotos, que nunca lee nuestros libros, que nunca lee este ensayo. Imagino que es libre de juzgarnos con severidad, que en su cabeza somos unos salvajes que se farrearon el planeta, tal vez unos cobardes de la peor especie, es decir de esos que se creen valientes. Quizás prefiero imaginar que nos ama como yo amo a mis padres: con un amor incondicional y el deseo ferviente y probablemente fallido de no parecerme a ellos.

Un breve puente de madera que crucé una o mil veces; un tomate recién madurado que mi madre arrancó jovialmente de un árbol, con ademanes de niña traviesa, y que apenas limpió con su blusa antes de darle una mascada; un piano de pared que pertenecía a los dueños de la casa arrendada en que vivíamos y que por lo mismo permanecía cerrado, aunque yo metía —una o mil veces— la mano y conseguía hacer sonar las teclas; una mañana en que yo saltaba en el colchón recién meado (por mí), con aparente indolencia; un triciclo que manejaba mi hermana y la diversión absurda y desafiante de atropellar las uvas que había en el suelo, bajo el parrón; las conversaciones divertidas, a través de la reja, con alguien un poco más grande que yo que se llamaba Danilo y que se definía a sí mismo como “un niño de la calle”. Todas esas escenas están ligadas a la casa donde vivimos en 1978 y 1979 y funcionarían perfectamente como primeros recuerdos, en realidad no tengo ahora ni creo haber tenido nunca herramientas para ordenar todos estos recuerdos en una línea de tiempo.

“¿Qué soñaste?”, le pregunté a mi hijo una mañana.

“¿Qué soñaste tú?, respondió después de unos segundos.

“Con una jirafa voladora”, improvisé.

“Yo también”, me dijo. “Una bien grande, ¿verdad?”.

Lo dijo muy en serio, como si fuera natural que soñáramos lo mismo.

Con el paso de las semanas perfeccionamos el improbable sueño de la jirafa voladora, que se volvió una historia más bien realista: ya no tenía alas sino simplemente iba de pasajera en un globo aerostático, que es un medio de transporte muy incómodo, por cierto, para una jirafa.

“¿Soñaste con la jirafa de nuevo?”, me preguntó mi hijo ayer.

“Sí”, le respondí, “¿Tú también?”.

“No”.

“¿Y qué soñaste?”.

“No me acuerdo. Algo soñé, pero no me acuerdo”.

“El recuerdo se organiza no desde el pasado ni desde el presente sino desde el porvenir”, conjetura el psicoanalista Néstor Braunstein en Memoria y espanto, su fascinante ensayo sobre los primeros recuerdos en la literatura, y enseguida agrega: “lo que uno llega a ser no es el resultado sino, por el contrario, la causa del recuerdo”. Todos los días siento que mi hijo cambia y sus vaivenes y aceleraciones han construido un ritmo interno de la pandemia, un ritmo que nos ha permitido sobrellevarla. Lleva un mes en una célula, con otros cinco niños y una paciente profesora, y todas las mañanas anuncia que no quiere ir, pero va y lo disfruta; necesita a esos niños que no juegan ni bailan a su ritmo pero le enseñan algo. Se ayudan entre todos, se alejan alegremente, a paso de tortuga, de sus padres. Quizás por influencia de sus nuevos compañeros, mi hijo se ha obsesionado con descifrar el control remoto (alcanzamos a quitar las pilas minutos antes de que descubriera cómo navegar por la inextricable interfaz del Apple TV).

Exagero, tampoco ha cambiado tanto, en realidad. Tal vez mi trabajo —como escritor y como padre— consiste ocasionalmente en eso, en exagerar. En una mesita baja, junto al escritorio, apilamos los borradores de los poemas, novelas y ensayos que mi esposa y yo escribimos. De ahí recicla mi hijo las hojas para sus pizzas y planetas. Esta mañana me regaló un planeta verde y rosado recortado con dispareja destreza y en el reverso había un fragmento de este mismo ensayo.

Creo que Turguénev tenía razón, y no hay contradicción alguna: los padres existen para divertir a sus hijos y los hijos sirven para que sus padres no se aburran (ni se angustien), son ideas complementarias que tal vez podrían servirnos para ensayar nuevas definiciones de la felicidad o del amor o del cansancio físico (de todo eso junto, simultáneo). Ahora mismo, mientras escucho en la radio las dolorosas noticias matinales, me entran las ganas de despertar a mi hijo —suele levantarse a las seis o incluso antes, pero ya casi son las siete y sigue en la cama y tengo ganas de despertarlo, porque estoy aburrido, porque estoy angustiado.

**********************
Alejandro Zambra es autor de las novelas Formas de volver a casa y La vida privada de los árboles, entre otros libros. Su novela más reciente, Poeta chileno (Anagrama), se publicará en inglés en 2022 bajo el sello Viking.

¡Compartir es cariñoso!

Deja una respuesta