Hechos y Noticias

La traición – Petro, ¿y de la corrupción qué?

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La traición

Por Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Y ocurrió lo que podía esperarse: una vez elegidos, los dueños del clientelismo se repartieron el poder con los amos del ejecutivo durante los próximos cuatro años. Les dieron la espalda a los electores, les mintieron y realizaron las maniobras que juraron combatir para convencer incautos.

Entre las elecciones de Congreso y las presidenciales parecía producirse un fraccionamiento en la dirección del Estado entre los seguidores de la izquierda o como quieran llamar a la montonera del Pacto Histórico, y los amos de los partidos tradicionales que, se supone, defienden la democracia y la libertad. Era la interpretación del deseo de cambio de los electores, lo que hacía pensar en que ahora sí se podía combatir la corrupción que devora las arcas públicas e impide construir un país más equitativo, más democrático y menos proclive a la delincuencia y el crimen.

Pasaron las elecciones, los votantes eligieron un congreso cuyo 70% no pertenecía al movimiento de Gustavo Petro, lo que hacía pensar que ahora sí llegaría el control político y una oposición seria. Y el triunfo de Petro, que representó el 30% de los ciudadanos con derecho a elegir frente al 28% que votaron por la otra alternativa y el 45% que no votó, hacía pensar que sería un gobierno de principios y en minoría para el cual sería difícil construir la mayoría que requería para imponer sus propuestas y sus amenazas.

No fue así. El hábil político que habita en Petro le ganó la partida al revolucionario y pactó con el diablo. Se consiguió a los más expertos en el manejo de la venalidad, tomó el control del Congreso, acordó el reparto de los órganos de control empezando por la Contraloría y apeló a la mermelada y al chantaje para seducir a los amos del clientelismo.

Y ocurrió lo que siempre pasa. El clientelismo se entregó en alianzas que ignoran el rechazo de sus electores al Pacto de Petro. César Gaviria del Partido Liberal, Dilian Toro de la U, un señor que nadie conoce a nombre del Partido Conservador, firmaron la claudicación y se transformaron en partidos de gobierno. Ellos encabezaron el negocio que desconoce el mandato de los electores. Ni siquiera se tomaron el trabajo de declararse independientes, lo que sería menos ofensivo para quienes los eligieron de buena fe.

El pasado miércoles supimos que sin vergüenza le entregaron a Petro el control del 70% del congreso, con lo cual puede hacer lo que le plazca. No habrá control político, la oposición la ejercerán solo 14 congresistas y 14 se declararon independientes. Así, los colombianos quedaremos a merced de lo que a Petro y el clientelismo se les antoje.

El origen de toda esa trama miserable no es sólo el reparto de ministerios, la puerta abierta para la corrupción y los organismos de control que de nuevo les garantizará impunidad a los clientelistas de siempre y a los del nuevo clientelismo de Petro: la repartición de las gobernaciones, las alcaldías, los diputados y concejales y la centena de contralores locales y departamentales.

¿Sabe cuántos billones valen los presupuestos departamentales, municipales y de sus institutos descentralizados cada año? Lo que sigue en el juego perverso de la política colombiana es el control de departamentos y municipios, la savia que alimenta el árbol de la corrupción en Colombia. Por eso, la reforma tributaria es sólo una cortina de humo para tapar el reparto del Estado, la traición de Petro y de los partidos a los colombianos que creyeron que el cambio había llegado.

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Petro, ¿y de la corrupción qué?

Por María Elvira Bonilla

El caballito de batalla de la campaña de Gustavo Petro fue el combate implacable a la corrupción, igual que lo fue para la Alcaldía de Bogotá a donde llegó arrastrado por la ola de sus denuncias del ‘carrusel de la corrupción’ que mandaron a la cárcel a contratistas y funcionarios públicos; antes fueron los sonoros y corajudos debates como parlamentario sobre la parapolítica y la cooptación de algunos municipios, departamentos y del mismo Congreso por parte de la ilegalidad. Ese es el Gustavo Petro por el que votaron millones de colombianos.

Sin embargo, la manera como un político llega al poder, condiciona su forma de gobernar y con Petro esto ha sido evidente. Se impuso en la campaña el todo vale, expresión del pragmatismo maquiavélico del fin justifica los medios, convertido en una guía de comportamiento perversa. Hizo alianzas hasta con el diablo, formó un amasijo que le dio una mayoría total en el Congreso, con la fórmula conocida de acuerdos bajo la mesa, mermelada repartida por su par de alfiles –Roy Barreras y Alfonso Prada – expertos en politiquería disfrazada dizque de cambio, con la colaboración de Mauricio Lizcano en el manejo del computador de Palacio. Tres maestros en mañas y prácticas non-santas, como asumir vocerías ajenas para hacer de las suyas. No es accidental la demora en los nombramientos de puestos de alta responsabilidad y que la mitad del gabinete responda a criterios de representación política.

Todo sucede en medio de un silencio sepulcral frente a la corrupción. Mucha estridencia y poca acción. Lo innegable es que en el corazón de la corrupción se aposenta la clase política que Petro parece decidido a no tocar. Con ella va a gobernar Petro. Nada nuevo. Sabemos bien cómo empieza y cómo termina el sainete. No demoran en estallar los escándalos de corrupción. Hasta el momento no ha ocurrido nada distinto al nombramiento rutinario de un secretario de Transparencia, Andrés Idárraga, quien formalmente está en el Palacio de Nariño. Igual que Duque, igual que Santos. Y no pasó nada.

Este secretario de Transparencia es un pobre funcionario aislado, manejando una consejería impotente, sin dientes ni capacidad alguna para modificar el engranaje de la corrupción que es la misma, bien que venga de la izquierda, la derecha o el centro. Todo indica que su combate no entró en la agenda presidencial; ni siquiera ha sido tema de discurso, ni de ninguna de las extensas intervenciones que ha hecho en su primer mes en el Palacio de Nariño.

No nos engañemos, para gobernar con el libreto que Petro y sus cercanos se han trazado, toca hacerse el de la vista gorda con la realidad de nuestra clase política que no se mueve sin contraprestaciones; para ellos es válido, el dicho gringo, no hay almuerzo gratis.

Así las cosas, el grueso de los 25 billones del recaudo de la reforma tributaria propuesta pueden terminar en el bolsillo de los que no toca, sino se estructura de inmediato y se le explica a la ciudadanía pagadora de los impuestos, una ruta clara de ejecución distinta a la actual, capturada por el poder tradicional con sus insaciables políticos mandando la parada. Las señales de un cambio serio y no simplemente cosmético, no da espera; de no darse, la frustración puede resultar mayúscula. Y por esto mi insistencia: presidente Petro, ¿y qué de la corrupción?

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